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Crónica culinaria

La Jierü de Colombia

Por Laura Panqueva Otálora

Foto Clara Moreno

La Jierü de Colombia. Clara Moreno

Su piel refleja la fortaleza del sol, el viento y la arena. Sus pies son el rastro de los largos caminos recorridos con sus familias por toda La Guajira...








... Ellas, apasionadas, conocedoras y sencillas son protagonistas de un pueblo que nace y vive de la tierra.

Desde hace más de cuatro siglos, sobre la Costa Caribe, fue erigido por los colonizadores españoles uno de los territorios más antiguos y multiculturales del país: Riohacha. Esta ciudad es cuna de los grupos indígenas y, sin duda, el punto de partida para conocer la cultura Wayúu.

Por ser la capital del departamento de La Guajira, Süchiimma –llamada así en lengua indígena Wayuunaiki– es una ciudad dinámica y colorida, donde se ubican las instituciones más importantes de la región y se destacan las artesanías, entre estas las exóticas mochilas, hamacas, manillas y todo tipo de accesorios tejidos por las indígenas Wayúu o Jierü, en su idioma.
Estas artesanas, junto con sus hijos, desde muy tempranas horas de la mañana decoran con su mercancía La Marina -o Primera-, una avenida muy concurrida por su cercanía a la playa y al mar Caribe.

La mujer guajira, vestida con mantas de colores fuertes o jeans y camiseta; de pelo oscuro, tez morena, ojos rasgados y pies desgastados, es un bosquejo de una cultura matrilineal, fuerte y diversa que se extiende por toda la península de La Guajira y parte del territorio venezolano (Zulia).

En la mira del mundo
Su fascinante cultura y riqueza geográfica es lo que en gran medida ha transformado su relación con los hombres blancos –llamados arijunas–, pues actualmente muchas de las indígenas se benefician económicamente del comercio informal y de las visitas que hacen los turistas para conocer sus  costumbres, historias, alimentos y paisajes.

Este es el caso de la ranchería Saain Wayúu, ubicada a 12 kilómetros de Riohacha y a unos cuantos pasos del río Ranchería.
Allí vive desde hace casi 10 años, María, una mujer que lleva en su rostro las líneas de los caminos  que la vieron crecer. Sus hijos y nietos le guardan respeto, pues es la cabeza de su hogar y, por tanto, la encargada de recibir con su sonrisa –un tanto desconfiada– a los invitados.

Su ranchería, al igual que otras que se levantan a lo largo de la península, está construida con  yotojoro –el corazón del cactus–. Se trata de un tronco delgado y estable que se utiliza para  confeccionar techos y paredes. En ocasiones, este es reforzado con barro para darle mayor estabilidad, especialmente durante la época de lluvias. En su interior, donde la luz es escasa, cuelgan  varios chinchorros de diferentes tamaños y colores. Ninguno es igual al otro, pues cada uno es una pieza única, inspirada en la creatividad de quien la tejió durante tres o cuatro meses.

Para muchas mujeres como María, la confección manual es el motor de sus vidas. Cada día le dedican gran parte de su tiempo a sus tejidos con aguja, lo que las hace artífices de creaciones que resaltan la magia de los hilos de colores.

Su rutina comienza a las 4.30 de la mañana cuando, en compañía de su hija Mayulí, prepara café, busca leña en los alrededores para alimentar su fogón –una hoguera armada sobre ladrillos– e interpreta los sueños de la noche anterior. “La vida de nosotros gira alrededor de estos. Por eso, todos en lugar de decir buenos días, decimos kasa pulapuinka, que significa ¿qué soñaste?”, cuenta Mayulí, quien a su corta edad es la mano derecha de María y madre de Luis, Lorena, Daniela y  Yoshusy.

Las técnicas del sabor
Hasta las 11.30 a.m. –hora en la que comienzan a preparar el almuerzo– tejen en silencio delicados nudos. Este y otros quehaceres los realizan de manera grupal. Ya en la cocina, un espacio  rudimentario enmarcado por mesas de madera, algunas totumas y dos fogones de leña, la abuela, las nietas y otros familiares se dividen las tareas para preparar arroz con camarones, friché –compuesto
por las vísceras del chivo–, arroz con fríjol u otro de sus provocativos platos constituidos por maíz,  auyama y fríjol, así como por algunas especies de pescados que habitan en los ríos y/o animales de la  región como el chivo.
De este último, utilizan su carne para elaborar cecina, una especie de jamón que resulta luego de salarlo y secarlo al sol, y que luego lavan y cocinan.

Sus condimentos son naturales. El achiote, por ejemplo, es una semilla de color rojo ladrillo  proveniente de una fruta, que le da el color a ricas preparaciones como el arroz con camarón. Así –en medio del fuego, el aroma y el humo que se esparce por toda la ranchería– se cocina este suculento plato que espera ser consumido por todos, en especial por los hombres que están cazando animales o visitando a sus seres queridos.
Ellos suelen acompañar sus comidas con chicha de maíz. El chirrinchi, un licor elaborado con panela  fermentada, se consume especialmente en fiestas y velorios.

Desafiando el sol
Desde la ranchería de María, la ruta hacia el Cabo de la Vela ofrece un paisaje paralelo a la vía férrea del tren carbonífero. Miles y miles de pequeñas mariposas impulsadas por el viento y algunas indígenas con baldes llenos de agua, caminan en suelo ardiente.

El último rastro de urbanización antes de entrar al desierto se encuentra en Uribia, el municipio emblemático del pueblo Wayúu. Por sus calles transitan los hijos de esta cultura que se expande por toda la península; esa que dibuja en su cielo un paisaje lleno de energía, donde el sol colorea las nubes con sus tonos naranjas, y que junto al mar protagoniza una escena especial, matizada con aves que aparecen y desaparecen y botes pescadores que se menean con tranquilidad sobre el agua.

¡Capitán peligro! es una de las lanchas más completas; pertenece a Aaron, un Wayúu que desde los 13 años se dedica a la pesca artesanal y quien desde hace 15 se casó con María, nacida en Barranquilla y criada en Maicao. Ella es esposa, madre de nueve hijos y una negociante incansable.

Desde cuando comenzó a vender en Maicao el pescado que su marido conseguía, tenía el proyecto de construir un lugar en donde los turistas pudieran hospedarse y disfrutar de sus preparaciones. Apalanchi, como los Wayúu llaman a los pescadores, es una de las posadas turísticas más amplias del Cabo de la Vela, y María es la encargada de organizarla y administrarla. A sus 42 años, con su rostro al natural y un atuendo descomplicado –una túnica oscura y chanclas–, forma parte del grupo de  mujeres que, desde hace más de una década, abrió sus viviendas al turismo.

Ellas son emprendedoras, fuertes y muy inteligentes, conscientes de que el territorio en el que habitan es un tesoro con mucho potencial. Allí llegan desde otros clanes las artesanas, en bicicleta o caminando, a tejer y a vender sus productos por toda la playa.

El encanto de estas mujeres se expresa en su sonrisa, su temperamento e historia. Y aunque unas  son más arraigadas a sus tradiciones y otras más occidentalizadas y dedicadas al negocio familiar y a sus hijos, lo cierto es que el trabajo que realizan es vital para su territorio y su cultura, esa que las respeta y valora.

Mujeres aves
De Vito Apüshana,
escritor Wayúu

“… Entrada la noche sucedió un sueño en mí... lleno de mujeres-aves: estaba jierü-witush, la mujer-azulejo, tejiendo con todos los colores del tiempo; jierüwawaachi, la mujer-tórtola, llamaba a sus hijos, jierüshotii, la mujer-lechuza,(...) y muchas aves y muchas mujeres (...). Al despertar le conté mi sueño a mi madre... y sonrió sin mirarme: ‘¡Aaa, ella es una Wainpirai... una mujer-sinsonte!’... y a partir de entonces he venido descubriendo las plumas ocultas de las mujeres que nos abrigan”.

La Jierü de Colombia.
La Jierü de Colombia.
La Jierü de Colombia. Clara MorenoClara Moreno

Cocinando con Cristina Campuzano

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Esta reconocida actriz nos contó sobre la experiencia que tuvo al ser una vez mesera de un restaurante y confesó que lo que más le gusta de cocinar es estar con sus sobrinos.

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